Fronteras que hacen desaparecer y, desde abajo, reparación
Es septiembre de 2025 y me encuentro en un punto que solía marcar el final del Viejo Mundo, el meridiano cero, siglos antes de que se decidiera que tendría que pasar por Greenwich. La isla de El Hierro es pequeña. Es escarpada, aprendo, al ser la más joven y menos erosionada del archipiélago Canario. Con apenas 11000 habitantes, es poco más que un pueblo grande en el que todo el mundo se conoce, y sin embargo en los últimos años está acostumbrada a recibir una gran atención mediática al ser el punto principal de llegada de los cayucos que parten de Senegal, Mauritania y Gambia. De la ruta atlántica hacia las Islas Canarias se ha dicho mucho desde que se reactivó en 2020. Recientemente, que es la más letal del mundo. La vastedad de la distancia que tienen que recorrer las embarcaciones a través del océano Atlántico hace que muchas de ellas desaparezcan sin que nadie lo sepa. En otras ocasiones, las embarcaciones llegan a puerto con algunas personas ya fallecidas, o bien mueren en el hospital de la isla debido a su precario estado de salud al llegar. Todas ellas son enterradas en la isla, la gran mayoría de ellas sin ser identificadas formalmente.
En esos días visito el cementerio más próximo al puerto de desembarque de los cayucos, donde un miembro de una pequeña red solidaria en la isla me guía por las últimas llegadas de personas fallecidas. Me muestra sus nichos, que cuidan y documentan en un esfuerzo por entender cómo funcionan los diferentes engranajes del estado involucrados: forenses, policía científica, policía judicial, juzgados; actores todos con los que estoy familiarizado desde que me involucré (también) etnográficamente con la temática (NB: Desde 2022, mi involucración etnográfica en el tema ha estado mediada por mi participación como miembro de la red Watch the Med Alarmphone. Las ideas de este texto están también inspiradas en la práctica colectiva de apoyo de esta organización a personas que realizan búsquedas de sus seres queridos. También nacen del trabajo colectivo hecho con Dimitris Papadopoulos y Valentina Azarova). Las llegadas de cayucos son un asunto público en una isla tan pequeña y diferentes personas que participan en los dispositivos humanitarios acaban, irremediablemente, en contacto con estas muertes. Algunas reciben peticiones de familiares, quienes les buscan en internet o en redes sociales, y otras veces es el mismo boca a boca entre las comunidades que sobreviven al viaje, las principales buscadoras, que hace que lleguen a ellas. La preocupación de quien me guía, como la de tantas otras personas con las que hablo, es lograr identificar estos restos humanos. Esto permitiría a sus seres queridos conocer dónde están, salir de la incertidumbre y, si lo desean y pueden pagarlo, poder trasladarlos a su país de origen(…)